21.1.14

Salinger, el oculto

Aterriza la biografía definitiva del escritor


J. D. Salinger, autor estadounidense de El guardían entre el centeno. / Antony Di Gesu./elcultural.es
Fue el esquivo, el escapista, el oculto. Un escritor icónico del pasado siglo que, con una obra breve y poderosa y una presencia mediática prácticamente invisible, marcó a sucesivas generaciones de lectores. Fruto de un ambicioso proyecto biográfico que incluye libro y documental, los periodistas David Shields y Shane Salerno sumaron esfuerzos para reunir la más sensacional acumulación de materiales nunca vista en torno a la vida de J. D. Salinger. Una de las aventuras culturales más espectaculares de los últimos años que incluye todo tipo de datos, entrevistas, cartas, fotografías, conversaciones desconocidas, hipótesis arriesgadas... Y una bomba que fue detonada al publicarse la biografía el pasado otoño en Estados Unidos: la existencia de nada menos que cinco libros inéditos que el autor de El guardián entre el centeno dejó listos al morir en 2010, a los 90 años de edad.

El martes,hoy, 21, Salinger sale en España editado por Seix Barral, y hoy El Cultural publica en exclusiva los primeros tramos de esta monumental y poliédrica biografía. Unas páginas cargadas de sabrosas informaciones a los que añadimos algunos de los más interesantes “encuentros” de fans, periodistas o escritores con Salinger. Su traductor, Javier Calvo, nos brinda sus impresiones sobre esta falsa “biografía oral” de Shields y Salerno.


J. D. Salinger se pasó diez años escribiendo El guardián entre el centeno y el resto de su vida arrepintiéndose.

Antes de que se publicara el libro, era un veterano de la Segunda Guerra Mundial con trastorno de estrés postraumático; acabada la guerra, nunca dejó de buscar la cura espiritual para sus heridas psíquicas. En la estela del enorme éxito de aquella novela sobre un “chaval de colegio pijo”, emergió un mito: Salinger, igual que Holden, era demasiado sensible para el mundo que lo rodeaba, se consideraba por encima de todo. El resto de su vida se lo iba a pasar intentando reconciliar sin éxito estas dos versiones completamente contradictorias de sí mismo: el mito y la realidad.

El guardián entre el centeno ha vendido más de 65 millones de ejemplares y continúa vendiendo más de medio millón al año; es un libro crucial para varias generaciones, sigue siendo un tótem de la adolescencia americana. La escasa obra de Salinger -cuatro libros breves- tiene un peso y una penetración culturales casi sin igual en la literatura moderna. El pasatiempo crítico y popular del último medio siglo ha sido interpretar al hombre a partir de sus obras porque el hombre se negaba a hablar. El éxito con que Salinger construyó su propio personaje épico, su obsesión por la privacidad y el búnker al que se dedicó con tanta meticulosidad -y que alberga un montón enorme de escritos que nunca quiso publicar- se han combinado para formar una leyenda impermeable.

Se ha hablado mucho de lo difícil que debió de ser para Salinger vivir y trabajar a la sombra del mito
Salinger fue un ser humano extraordinariamente complejo y contradictorio. A diferencia de lo que nos han dicho, no se pasó recluido los últimos cincuenta y cinco años de su vida. Viajó mucho, tuvo muchas aventuras amorosas y amistades de toda la vida, consumió cantidades abundantes de cultura popular y a menudo encarnó muchas de las cosas que él mismo criticaba en su narrativa. Lejos de ser un ermitaño, mantuvo un diálogo constante con el mundo a fin de reafirmar la noción que éste tenía de su reclusión. Lo que él quería era privacidad, pero el silencio literario que trajo consigo su reclusión se ha llegado a asociar tanto con él como El guardián entre el centeno. Se ha hablado mucho de lo difícil que debió de ser para Salinger vivir y trabajar a la sombra del mito, lo cual es innegablemente cierto; pero nosotros mostramos que en gran medida también se dedicó a perpetuarlo.

Los otros libros sobre Salinger tienden a caer en una de las siguientes tres categorías: exégesis académicas; memorias que por fuerza son tremendamente subjetivas, y biografías demasiado cargadas de reverencia o bien de resentimiento y que, frustradas por la falta de acceso a los actores principales, se conforman con perpetuar el relato ya aceptado. Las biografías previas han tenido tendencia a basarse en las colecciones relativamente pequeñas de documentos y manuscritos inéditos de Salinger que se encuentran en la Universidad de Princeton y en la de Texas en Austin. El resultado es el reciclaje continuo de la misma información procedente de un fondo exiguo, así como la republicación de información imprecisa. Las cartas de las que hemos seleccionado fragmentos, y que se extienden desde 1940 hasta 2008, las escribió Salinger a sus amigos más íntimos, amantes de muchas décadas, compañeros de armas de la Segunda Guerra Mundial, maestros espirituales y otros; la inmensa mayoría de esas cartas nunca había salido a la luz.

Arrancamos con tres metas: queríamos saber por qué Salinger dejó de publicar; por qué desapareció, y qué escribió durante los últimos cuarenta y cinco años de su vida. A lo largo de nueve años y de cinco continentes, entrevistamos a más de doscientas personas, muchas de las cuales se habían negado anteriormente a hacer declaraciones; todas ellas nos hablaron sin ponernos condiciones previas. Nos proponemos ofrecer una perspectiva poliédrica de Salinger: hemos incluido testimonios en primera persona de compañeros suyos en el contraespionaje durante la Segunda Guerra Mundial y con los que siguió en contacto hasta su muerte, de amantes, amigos, cuidadores, compañeros de clase, correctores, editores, colegas de la revista New Yorker, admiradores, detractores y muchas figuras prominentes que hablan de la influencia que tuvo en sus vidas, en su trabajo y en la cultura en general.

Al reproducir un material que nunca se había publicado, más de un centenar de fotografías y extractos de publicaciones, diarios, cartas, memorias, transcripciones judiciales, declaraciones ante el juez y expedientes militares recientemente desclasificados, confiamos en esclarecer muchos datos y llevar a cabo revelaciones significativas. Y nos concentramos en arrojar luz sobre los últimos cincuenta y cinco años de su vida: un periodo que, hasta ahora, había permanecido en gran medida oscuro para los biógrafos.

Pese a todo, afrontamos dos obstáculos principales: el primero es que antes de empezar este proyecto ya había muerto gente esencial, y el segundo, que, aunque ciertos miembros de la familia Salinger cooperaron inicialmente, al final la familia Salinger no participó por medio de entrevistas formales. Pero aunque no hablaron directamente con nosotros, sí que habían hablado antes, y tras realizar una cuidadosa disección de sus declaraciones públicas, y gracias a que habíamos obtenido cartas privadas y documentos nunca antes publicados, sus voces sí que aparecen en este libro. Además, mucha gente que no quiso hacer declaraciones oficiales sí que nos mandó información crucial y nos pasó fotografías, cartas y diarios que habían mantenido en s únicamente hablaron con nosotros después de la muerte de Salinger.

También ofrecemos doce “conversaciones con Salinger”, que revelan una serie de encuentros que durante más de medio siglo tuvieron distintos periodistas, fotógrafos, investigadores, fans y parientes con un hombre que nunca dejó de vivir su vida como si fuera un agente del contraespionaje. Estos episodios permiten que el lector se vaya acercando cada vez más a un autor que había sido rotundamente inaccesible durante más de medio siglo.

En la vida de Salinger hubo dos puntos de demarcación muy claros: la Segunda Guerra Mundial y su inmersión en la religión vedanta. La Segunda Guerra Mundial destruyó al hombre pero lo convirtió en un gran artista. La religión le proporcionó la paz que necesitaba como hombre pero mató su arte.

La contienda destruyó al hombre pero lo convirtió en un gran artista
Ésta es la historia de un soldado y escritor que escapó de la muerte durante la Segunda Guerra Mundial pero nunca abrazó del todo la supervivencia, un medio judío de Park Avenue que descubrió al final de la guerra lo que significaba ser judío. Ésta es la investigación del proceso por el cual un soldado roto con el alma herida se transformó a sí mismo, por medio de su arte, en un icono del siglo XX y luego, por medio de su religión, destruyó ese arte.

Salinger nació con una deformidad congénita que proyectó una sombra sobre toda su vida. Fue un dandi sabelotodo y de talento volátil, salido de una novela de F. Scott Fitzgerald, que dejó sin acabar los estudios universitarios y se mostró ferozmente decidido a convertirse en un gran escritor. Salió con Oona O'Neill -la preciosa hija del que podría muy bien ser el más grande dramaturgo de Estados Unidos, Eugene O'Neill- y publicó relatos en el Saturday Evening Post y otras “revistas generalistas”. Después de la guerra, Salinger no quiso autorizar la reedición de ninguno de estos relatos. La guerra había matado a aquel autor.

Salinger fue sargento primero en el 12.o de Infantería y sirvió durante cinco sangrientas campañas del frente europeo de 1944-1945. Su trabajo como agente del contraespionaje consistía en interrogar a prisioneros de guerra, en hacer la guerra en la sombra, en la tierra de nadie que separaba a los aliados de los alemanes; obtener información de civiles, de heridos, traidores y gente que operaba en el mercado negro. Vio de primera mano la destrucción y la devastación de la guerra. Ya cercano el final, él y otros soldados ingresaron en Kaufering IV, un campo auxiliar del campo de concentración de Dachau. Poco después de ver Kaufering, Salinger ingresó voluntariamente en un hospital civil de Núremberg, víctima psíquica de la revelación final de la guerra.

A lo largo de todo el conflicto y también durante su hospitalización de la posguerra, Salinger llevó encima un talismán personal para sobrevivir dentro de aquella máquina de hacer cadáveres: los seis primeros capítulos de lo que acabaría siendo El guardián entre el centeno, un libro que redefiniría la América de posguerra y que se puede interpretar por encima de todo como una novela bélica camuflada. Salinger emergió de la guerra incapaz de creer en esos ideales nobles y heroicos que nos gusta pensar que nuestras instituciones culturales defienden. Pero en lugar de producir una novela bélica, como hicieron Mailer, James Jones y Joseph Heller, Salinger cogió el trauma de la guerra y lo incorporó en el interior de lo que a primera vista parecía una novela de iniciación. De la misma manera, en los Nueve cuentos, el fantasma de la máquina es el trauma de posguerra: el libro empieza con un suicidio, hacia la mitad se evita otro y finaliza con uno más.

Profundamente trastornado (y no solamente por la guerra), se volvió insensible. Y sumido en esa insensibilidad, ansió ver y sentir la unidad de todas las cosas pero se conformó con el desapego hacia el dolor de todos salvo el de sí mismo, que primero lo abrumó y después lo dominó. Durante su segundo matrimonio se distanció gradualmente de su familia, pasando semanas enteras en el búnker independiente, y les dijo a su mujer, Claire, y a sus hijos, Matthew y Margaret, que no lo molestaran “a menos que la casa estuviera ardiendo”.
Salinger emergió de la guerra incapaz de creer en esos ideales nobles y heroicos
Con Margaret, que se atrevió a encarnar los mismos rasgos rebeldes que la narrativa de él canonizaba, se mostró asombrosamente distante. Sus personajes Franny, Zooey y Seymour Glass, a pesar de sus muchas locuras suicidas, o tal vez debido a ellas, ocupaban un lugar inconmensurablemente más grande en su corazón que su propia familia de carne y hueso.

Ahogándose, intentando a la desesperada aferrarse a botes salvavidas, alejándose cada vez más de la contaminación de lo cotidiano y ocupando una serie de reinos cada vez más abstractos, acabó perdiéndose en el consuelo que le ofrecía la filosofía del vedanta: no eres tu cuerpo, no eres tu mente, renuncia a tu nombre y a tu fama. “Desapego, colega, desapego y nada más”, escribió en Zooey. “Ausencia de deseo”. “Cese de todos los anhelos”. Su obra sigue con precisión este eje físico-metafísico; libro a libro, llegó a considerar que su tarea era diseminar dicha doctrina.

La cámara acorazada de Salinger, que abrimos en el último capítulo, contiene revelaciones cruciales relativas a su carácter y su carrera, pero en ella no hay ningún “secreto final” cuyo desvelamiento explique al hombre que fue. En cambio, su vida contuvo una serie de acontecimientos entrelazados -de la anatomía al romance y la guerra, pasando por la fama y la religión- que desvelamos, rastreamos y conectamos.

Salinger creó un mundo privado donde lo pudiera controlar todo y extrajo un arte inmaculado e inmortal de la angustia de la Segunda Guerra Mundial. Y luego, cuando ya no lo pudo controlar todo, cuando la acumulación de tanto sufrimiento se volvió excesiva para que la soportara un ser humano tan delicado, se entregó por completo al vedanta, convirtiendo la segunda mitad de su vida en una danza con fantasmas. Ya no tenía nada más que decir a nadie.


Conversación N° 1

Salinger tenía unos andares marciales y disciplinados. Era un tipo larguirucho, de aspecto bastante distinguido. Llevaba cazadora y el pelo bien peinado le daba bastante pinta de Ivy League.

-¿Es usted J. D. Salinger? -le pregunté, porque no lo reconocí de las fotografías.
-Sí -me dijo él-. ¿En qué puedo ayudarlo?
-Esperaba que me lo pudiera decir usted -le dije en tono muy dramático.
-Venga ya -me dijo él-. No empiece con esas cosas. ¿Está usted recibiendo tratamiento psiquiátrico?

Yo le dije que había dejado mi trabajo y había venido en coche desde Canadá para verlo a él. Le dije que no recibía tratamiento psiquiátrico y que lo que necesitaba de verdad era que me publicaran.

-Usted es alguien con quien me podría sentar a tomar un café -le dije-. Me cuesta encontrar a gente con quien me sienta cómodo. Usted piensa como yo.
-¿Qué le hace suponer que pienso como usted?
-Pues lo que escribe.
Me puse a llamarlo “Jerry” porque lo vi muy amigable. Yo me había esperado una figura dramática a lo Humphrey Bogart y en cambio me encontré a mi tío Jarred. A él le preocupaba el porqué yo había venido de tan lejos. Fue muy amigable, pero solamente hasta cierto punto. En cuanto averiguó que yo estaba allí porque pensaba que él pensaba igual que yo y quería hablar con él sobre cosas profundas, se frustró mucho.

Se le encendió algo dentro; su tono cambió. Se apartó de mi coche y pareció que crecía quince centímetros. Puso una cara larga y sombría.

-¡Soy un simple narrador! -dijo-. Todo es inventado. En mis relatos no hay nada de autobiografía.


Conversación N° 5

Salinger cruzó el puente a pie, salió de las sombras, se adentró en la luz del sol y apareció ante mí. Casi levanto los puños, me pongo a bailar y todo eso (...)

Él se me acercó.

-¿Betty Eppes?

Nos estrechamos la mano y me puse a intentar hablar con él.

-Si es usted escritora -me dijo-, tiene que dejar ese periódico.

Fue lo primero que me dijo.

-Vale -le respondí-. Podemos discutirlo.

Él opinaba que los periódicos no servían para nada y que publicar era lo peor que uno podía hacer. Una de las cosas de las que habló fueron los políticos. Me contó que el problema que tenía él con los políticos era que ellos intentaban limitar nuestros horizontes mientras que él intentaba ampliarlos. Yo tiré de unas cuantas palancas y probé unas cuantas cosas; le pedí un autógrafo, solamente para ver qué pasaba. Y caray, menuda respuesta obtuve. Me soltó otro sermón. Lo suyo eran los sermones. Daba la impresión de ser un párroco retirado. El hombre se moría de ganas de subirse al púlpito.


Conversación N° 7

Era un avión de hélices, y de pronto dos hombres que tenía sentados justo delante, se dieron cuenta de que se conocían.

-¡Anda, carajo! ¡Jerry! ¡Hace una eternidad que no te veo! ¿Qué demonios has estado haciendo?

Y entonces Charlie Portis se dio cuenta de que aquél era J. D. Salinger. A continuación el hombre empezó a contarle a su amigo los últimos diez años de su vida, y Charlie, como haría cualquier buen reportero, se puso a apuntarlo a mil por hora. Cuando aterrizaron, se dirigió a Salinger, en parte para estar absolutamente seguro al cien por cien de que se trataba de J. D. Salinger. Y le dijo:

-¿Señor Salinger?

El tipo se volvió.

-Hola -le dijo Charlie-, me llamo Charles Portis. Soy del New York Herald Tribune. Estaba sentado detrás de usted por casualidad.

Y solamente había dicho aquello cuando Salinger se puso blanco.

-No se atreverá usted -dijo Salinger-. No se atreverá.

Y Charlie me dijo:

-¿Y sabes qué? No me atreví. Al tipo se lo veía hecho polvo. 

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